sábado, 14 de mayo de 2011

De repente ¡flash! su sonrisa.

       Durante el breve invierno que duró nuestro noviazgo, Samuel y yo solíamos tener largas conversaciones en su coche mientras tomábamos, antes de entregarnos a nuestra pasión, dulces tragos de vodka caramelo. Ibamos desgranando nuestra vida frente a los ojos del otro, a la vez que íbamos asimilándola de una manera diferente, conforme la exponíamos. También compartíamos recuerdos comunes, y experiencias muy similares en el entorno que habíamos frecuentado. En una ocasión, hablándome de la desastrosa y castrante relación de la que acababa de salir, me comentó que, al parecer lo que más había fascinado a aquella tipa (una histérica, por lo que pude comprobar meses más tarde) de él, había sido su sonrisa. Yo entonces, quizás por llevarle la contraria a quien yo consideraba inmerecedora de los besos y caricias de Samuel, le dije: "Se equivoca. Lo más fascinante de ti es tu mirada". El misterio del atractivo de Samuel, es que no tiene las pestañas largas, ni los ojos grandes. Su boca es suave y fina, no es carnosa. Incluso su nariz aguileña, puede resultar un poco prominente Al principio de estar con él, me quedaba mirándole como hipnotizada, intentándo descubrir qué era lo que lo hacía tan especialemente guapo. Deduje que se debía a su mentón, a sus cejas, a sus pómulos salientes, en definitiva, a su cráneo. Esto acompañado de una piel melada, un cabello sedoso de un rubio muy oscuro, y un recio lunar en la barbilla, conforma un conjunto de una armonía, que, sin embargo, no sería más que carcasa si no estuviera sostenido por una hermosa y fresca luz interior, que es lo que convierte subyugante su mirada y en mágica su sonrisa. Porque aunque lo primero que me encadenó para siempre a él fue el encontronazo con sus ojos, años más tarde, durante nuestra convivencia, comencé a verme sorprendida, como si de fogonazos inesperados se tratara, de la pureza centelleante de su risa.
      Sucedía, lógicamente, cuando en medio de nuestra cotidianeidad, salimos de broma, simulando peleíllas infantiles, o jugábamos a chincharnos mutuamente, para escuchar al otro (sobre todo, él a mí). Entonces, su risa afloraba, como una lluvia de fuegos artificiales en el cielo nocturno. Una vez que yo regresaba a casa después del trabajo, se escondió en una habitación para darme darme un susto de muerte. Como logró su objetivo, yo, nerviosa, pálida y sin resuello, comencé estupidamente a darle inútiles tortazos, y él se echó en la pared, desplegando una risa con la que logró detenerme, dejándome turulata. "Oh, Dios..." casi suspiré impresionada. 
     Ni ante las pirámides de Egipto, ni ante San Pedro del Vaticano, ni ante la Alhambra, ni ante el David de Miguel Ángel, ni ante ninguna obra humana, me he sentido tan conmovida. Tan solo el mar y el desierto, me han hecho sentir algo similar a lo que me provoca esa iluminación súbita del espacio que es su sonrisa. Es increíble que ninguna de las amarguras y sinsabores por los que ha ido pasando hayan logrado enturbiar esa irradiación cristalina que se diría que surge de lo más profundo de su ser. Durante unos segundos, se rejuvenece, como si de pronto quedara de relieve su verdadera edad, la que tendrá siempre: veinte años. Porque Samuel con lo caduco y lo viejo no se aviene. No se aviene con la muerte y la putrfacción de la mentira. Es, a pesar de haber sido un crápula, un vicioso, y un pendenciero, como lo refleja su adolescente sonrisa: incorruptible.

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