lunes, 9 de mayo de 2011

Samuel frente al puente de Don Luis.

   Están sus ojos posados en la otra orilla, y su perfil se dibuja sobre el caserío viejo de Oporto. No me he preguntado nunca en qué estaría pensando en el momento de la foto, lo sé muy bien. Está todo él envuelto en un halo melancólico, de tristeza profunda, de dolor de la vida, como solo puede doler a los veinte años.Hay un tipo de hermosura, fascinante, hipnótica, no mensurable, que se diría que no se tiene sino que se irradia, y que Samuel, de forma incosciente (este tipo de belleza siempre lo es) despliega en esta serie de imagenes tomadas hace años en Portugal, como si le desbordara desde dentro. Es cierto que Samuel siempre ha sido guapo, pero no se trata solo de algo físico. Una conoce a muchos tipos guapos en su vida que no le provocan la más mínima emoción. Samuel es diferente. Su carisma traspasa el objetivo, de forma espontánea y natural, sin pose, sin indicación alguna. Quienes hemos tenido el privilegio de conocer a Samuel, sabemos que su autenticidad es abrumadora, y la intensidad de sus emociones vibrante. Durante este viaje llevaba  en su equipaje una carga de amargura que, a la postre, casi se le haría insoportable. En esta foto en la que su mirada va más allá del río que tiene delante, Samuel parece dejar para siempre su impronta en el paisaje que le circunda, como si la ciudad recibiera su presencia como un regalo y ya no volviera a ser la misma. Porque tal como se puede apreciar en las otras instantáneas que acompañaron a esta, el alma de Samuel se asoma a sus ojos y a su sonrisa,  y ésta ha dejado un eco, una reverberancia, una huella indeleble en los lugares que habitó, o por los que un día, simplemente, pasó.
 En esta foto, Samuel, bajo la mirada severa del puente de hierro, evocaba  el paraíso perdido,  y el combate continuo con la desafección y el rechazo.Quien hubiera podido entonces aliviar siquiera tanta derrota. 

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