sábado, 7 de mayo de 2011

Este sábado tan silencioso.

   Mucho más de lo normal. A excepción del pertinaz butanero, en todo el día se ha escuchado en el barrio populoso nada más que el trinar de los pájaros, el arrullar de las palomas, y, de vez en cuando el tránsito de un coche, o una moto. A lo lejos, quizás, el eco de una sirena. Este sábado de resaca, se asemeja más que nunca a su inspirador, el sabat judío, día de riguroso descanso. Día consagrado, de inactividad total. Un día que, como el relajado domingo, pondría de los nervios y espantaría a la mentalidad avara y utilitarista que nos imponen sin que nos demos cuenta. ¿Un día sin hacer negocio, sin producir dinero? ¡Horror de horrores! Por eso nos han dejado pocos días como este, en los que sobreviene esta calma, esta atmósfera silenciosa, este recogimiento: la mañana de Año Nuevo, el mediodía del Viernes Santo, algunos domingos de agosto, y este sábado de primavera. En días así, el mundo que nos rodea, parece abandonar, por unas horas, su máscara. Como la mujer que tras limpiarse el maquillaje, quitarse las uñas y las pestañas postizas, las extensiones de pelo, los tacones, y el wonderbra, se contempla en el espejo tal como es.
    Recuerdo que cuando estuve en Egipto, tras desembarcar en el aeropuerto, lo primero que vi a través de las ventanas del autobús fue una ciudad de Asuán completamente desierta, bajo el sol inmisericorde de África.  Mi amigo Rashid me explicó que era viernes de ramadán. "Todo el mundo está en su casa; en cuanto anochezca, verás qué animación" . Tan solo un par de figuras veladas aparecieron caminando por aquellas calles y seguramente hacían un trayecto corto. Días más tarde le comenté a Rashid, que aquello me resultaba, desde mi perspectiva cristiana, una curiosa mezcla de cuaresma y navidad. Otro compañero de viaje, sin embargo, aportó su visión más "pragmática", neoliberal, más moderna: "Pues yo no me lo explico, una sociedad entera en este plan durante un mes..." apuntó con desprecio. Un poco más grosero, también.
    En esta calma de mediodía glorioso, me recreo en el relumbrón del sol en las fachadas blancas, el verde de los árboles, los parchones azules entre las nubes. Me conformaría con que todos los domingos del año fueran, realmente, tan sosegados como este sábado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario