En las noches de los sábados que, por un motivo u otro, paso a solas en casa, suele asaltarme, ya indoloro, pero con un regusto amargo, el recuerdo de los años que pasé añorando a Samuel. Añorándole aun cuando estaba convencida de que no era más que una sombra del pasado. Añorándole cuando la ilusión de un amor nuevo se desvanecía, como una bruma matinal, o cuando la cita con el ligue de la noche anterior resultaba ya a priori, soporífera. Pero sobre todo añorándole cuando la noche del sábado se presentaba vacía, sin otro plan que el de escuchar música de la radio, y mirar las pelis de la tele, acompañada de una cerveza, un sandwich mixto y patatas fritas. En la soledad de mi piso, a oscuras, tirada en el sofá, frente a una pantalla parpadeante, procuraba apartar de mi mente las vivencias de otras noches, aún no muy lejanas en el tiempo, que me hacían caer en la melancolía, en el mejor de los casos y, en el peor, en la desesperación. Las tenía contadas: siete noches mágicas a lo largo de quince meses, y un epílogo. De esas siete, cuatro llenaban todo un año, y dos, una vida entera. Esos sábados en casa, por muy pendiente que intentara estar de la película de turno, mi mente se empeñaba en regresar a los lugares en los que me había encontrado con Samuel, donde nos habíamos mirado, sonreído, donde habíamos hablado, y finalmente, donde habíamos bebido juntos. Recordaba la calle tumultuosa, oliendo a pizza. Recordaba sus bromas, mientras íbamos de un bar a otro, recordaba sus constantes saludos a los conocidos con los que se iba cruzando. Recordaba el sonido de sus botas sobre los adoquines, el olor a cuero de su chupa. Recordaba, en definitiva, la fascinación inundándome el pecho. Y la música que sonaba en mis oídos.
Cuando estaba peor (esto es, tras creer que le había perdido irremisiblemente) los dulces recuerdos se convertían en reproches. Mientras en la tele una chica engreída trataba al protagonista de la peli con una displicencia que en la vida real ningún hombre minimamente interesante aguanta sin mandarte al carajo, yo me martirizaba repasando los errores que me habían hecho perder mi oportunidad con Samuel: por qué no fuiste más sincera, porque fuiste tan cobarde, cómo pudiste elegir tan mal... por qué te emperraste en que Samuel solo fuera una aventurilla, para humillar a otro...por qué no rompiste con todo, y te arrojaste a sus pies... ninguno lo ha merecido como él...
Porque Samuel era orgulloso y digno, y no le gustó mi juego. Le decepcioné. El no me buscó más y yo pensé que, tal como había experimentado muchas veces, una vez que me había hecho suya, había perdido el interés. Habíamos hecho el amor dos veces: una en el servicio de un bar, otra en una pensión. No podía recordarlo sin estremecerme. Tan poco, en realidad, tan efímero, pero tan inolvidable. Cuando él ya no me llamó más, yo hice lo mismo. No iba a darle la ocasión de rechazarme. No volvimos a vernos hasta meses más tarde cuando coincidimos en uno de los locales de siempre. El me saludó con cortesía, y cruzamos unas palabras amables. Yo iba con mi novio, así que no me costó disimular que el corazón se me rompía en el pecho, porque estúpidamente pensaba que estaba saliendo airosa. Sin embargo, no fui capaz de soportar ver cómo Samuel galanteaba a otra chica y se reía con ella, y quise marcharme de allí. Ya no le vería más hasta pasado casi año y medio. Nos tomamos un par de cervezas. Yo ya estaba libre por esas fechas, pero entonces el ennoviado era él. Fue como tomar mi propio veneno.
Así que cuando llegaban esas terribles noches del fin de semana sin planes de salida, sin nada excepto la tele y la radio para distraerme, se me abría una herida en el pecho, y echaba de menos a Samuel de una forma atroz. Algunas veces, habiendo bebido demasiado, sollozaba mirando una foto suya que guardaba como un tesoro. En la distancia del tiempo, Samuel aparecía esplendoroso, en tanto el recuerdo de otros ligues y novios de esa época llevaban ya años marchitos. Entonces sí suplicaba ante su imagen, como no había sido capaz de hacer frente a su persona en el momento adecuado: "Por favor... vuelve conmigo... vuelve conmigo..." Era un delirio del que luego me avergonzaba, y por el que me reprendía con dureza: estás enferma. Volver contigo... Samuel nunca estuvo contigo, solo echasteis un par de polvos, nada más. Pero entonces por qué su recuerdo no se iba del todo...
Aunque todo esto, a día de hoy resulta bastante lejano, se me hace muy presente cuando ocasionalmente paso la noche del sábado a solas frente a la tele. En tropel me vienen a la cabeza esas pesarosas noches de melancolía. Solo que esta vez casi lo disfruto, me recreo en ello, y cuando me acuesto, abrazándome a la almohada, susurro de nuevo: vuelve conmigo... Esta vez sé que en algún momento de la madrugada, escucharé los pasos de Samuel por el pasillo, y el suave rumor de su ropa mientras se desnuda; y al fin sentiré el peso de su cuerpo sobre la cama, y su brazo asiéndome la cintura para atraerme hacia el refugio cálido de su pecho.

No hay comentarios:
Publicar un comentario